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NUESTROS ALUMNOS NO COMPRENDEN LO QUE LEEN

Foto del escritor: Mario González Sánchez
Mario González Sánchez
26 sept
5 min de lectura

Hay datos que deberían hacernos reflexionar. Otros deberían hacernos preocupar. Y algunos, directamente, deberían obligarnos a preguntarnos qué estamos haciendo mal.

El informe PISA 2025, publicado recientemente por la OCDE, vuelve a poner sobre la mesa el rendimiento académico de nuestros alumnos de 15 años. Y el diagnóstico no invita precisamente al optimismo. España obtiene resultados por debajo de la media de la OCDE en Matemáticas, Lectura y Ciencias. Además, respecto a 2022, empeora en Matemáticas y Lectura, mientras que en Ciencias se mantiene aproximadamente en el mismo nivel. La propia OCDE señala que los resultados españoles de 2025 están por debajo de los de 2015 y se encuentran entre los más bajos registrados hasta ahora en las tres materias.

No voy a perderme en una interminable sucesión de cifras y estadísticas. Hay un dato, sin embargo, que me parece especialmente preocupante y sobre el que merece la pena detenerse: la comprensión lectora.

Porque podemos discutir sobre fórmulas matemáticas, fechas históricas o conocimientos científicos. Pero hay algo que resulta mucho más elemental: entender aquello que estamos leyendo. Y aquí llega el problema.

Según PISA 2025, solo el 68 % de los alumnos españoles alcanza el nivel 2. Pero el nivel 2 no representa precisamente la excelencia. Es el umbral básico. En ese nivel, el alumno puede identificar la idea principal de un texto de extensión moderada, localizar información a partir de criterios explícitos y reflexionar sobre la finalidad y la forma del texto cuando se le indica expresamente que lo haga.

Dicho de una manera mucho menos académica: aproximadamente uno de cada tres alumnos españoles de 15 años no alcanza siquiera ese nivel básico de competencia lectora. Y todavía hay más. Solo el 2 % de nuestros alumnos alcanza los niveles 5 o 6 de lectura, frente al 6 % de la media de la OCDE. Esos son precisamente los niveles en los que se exige comprender textos extensos, enfrentarse a conceptos abstractos o contraintuitivos y distinguir entre hechos y opiniones a partir de indicios que no aparecen explícitamente en el texto. Y quizás sea este el dato el que más debería preocuparnos. Porque leer no consiste únicamente en reconocer palabras y pronunciarlas correctamente. Leer es comprender. Es relacionar ideas. Es interpretar. Es detectar lo que se dice y también lo que se insinúa. Es distinguir un hecho de una opinión. Es cuestionar una información. Es pensar. Y precisamente ahí parece que estamos teniendo problemas.

Desde 2015, la proporción de alumnos españoles que se encuentran por debajo del nivel 2 en lectura ha aumentado en 15 puntos porcentuales. Quince puntos. No parece precisamente una tendencia como para sacar pecho.

 

Cuando no se entiende lo que se lee…

La comprensión lectora no es una asignatura más. Es la herramienta que permite aprender las demás. Un alumno que tiene dificultades para comprender un enunciado matemático tendrá dificultades para resolver el problema. Quien no entiende correctamente un texto científico tendrá dificultades para asimilar su contenido. Quien no sabe distinguir una opinión de un hecho será mucho más vulnerable ante la manipulación, la desinformación o cualquier titular diseñado para provocar una reacción inmediata. Por eso el problema de la comprensión lectora va mucho más allá de las aulas. Y algunas señales comienzan a aparecer también fuera de ellas.

El pasado mes de julio, por ejemplo, la Consejera de Educación del Principado de Asturias señaló que las faltas de ortografía habían constituido «una de las causas más relevantes» del índice de suspensos en las oposiciones al cuerpo de maestros.

¿Significa esto que los resultados de PISA demuestran que los futuros profesores carecen de conocimientos ortográficos? No. Sería una conclusión que los datos no permiten establecer. Pero resulta, cuando menos, llamativo que estemos hablando de dificultades de competencia lingüística entre alumnos y que, pocos años después, nos encontremos con aspirantes a maestros que deben enfrentarse a penalizaciones por errores ortográficos en unas oposiciones. Quizás no sea una relación directa. Quizás sean fenómenos distintos. Pero sería un error no preguntarnos si existe un problema de fondo.

 

¿Qué estamos haciendo mal?

Esta no es la primera vez que escribo sobre ello. El pasado mes de febrero publiqué en mi web un artículo titulado «Alumnos, padres y profesores: la cultura del esfuerzo en peligro». Y sigo pensando que una de las claves está precisamente ahí: en la cultura del esfuerzo. Durante demasiado tiempo hemos querido convertir la educación en un camino cada vez más cómodo, más amable y, en ocasiones, más preocupado por evitar la frustración que por enseñar a superarla. Hemos hablado mucho de derechos y poco de obligaciones. De motivación y poco de disciplina. De resultados y poco del esfuerzo necesario para conseguirlos. Y aprender requiere esfuerzo. Leer un libro de trescientas páginas requiere esfuerzo. Concentrarse durante una hora en un texto requiere esfuerzo. Memorizar, estudiar, escribir correctamente, resolver un problema o enfrentarse a una materia que no nos gusta requiere esfuerzo.

El problema es que vivimos en una sociedad que parece empeñada en hacer exactamente lo contrario. Nuestros jóvenes reciben buena parte de la información a través de pantallas. Los mensajes se consumen a toda velocidad. Los vídeos compiten por captar nuestra atención durante unos pocos segundos. Las redes sociales premian lo inmediato, lo breve y lo impactante. Y ahora tenemos, además, la inteligencia artificial. Una herramienta extraordinaria, sin duda, pero que también puede convertirse en una magnífica excusa para dejar de pensar si la utilizamos como sustituto del esfuerzo y no como instrumento para aprender. Porque si una máquina puede resumirnos un libro, redactarnos un trabajo, explicarnos una materia o contestar cualquier pregunta en cuestión de segundos, la tentación de no hacer el esfuerzo de comprender por nosotros mismos es evidente. Y aquí aparece una paradoja inquietante: cuanta más información tenemos a nuestro alcance, más importante resulta saber comprenderla y analizarla.

PISA 2025 nos está diciendo precisamente que esa capacidad no está mejorando. Al contrario: en España, el porcentaje de alumnos con bajo rendimiento en lectura ha aumentado considerablemente respecto a 2015, mientras que apenas un 2 % alcanza los niveles superiores de competencia lectora.

 

El futuro no se arregla con un aprobado.

Podemos seguir cambiando leyes educativas. Podemos modificar programas, asignaturas, metodologías, competencias, criterios de evaluación y terminología. Podemos llenar los documentos oficiales de palabras cada vez más sofisticadas.

Pero hay cosas que no cambian. Para aprender hay que leer. Para leer hay que comprender. Y para comprender hay que pensar.

Para pensar hace falta tiempo, concentración y esfuerzo. Si nuestros alumnos pierden progresivamente esas capacidades, el problema no se quedará dentro de las aulas. Llegará a la universidad, a la formación profesional, a las empresas, a las administraciones y, finalmente, al conjunto de la sociedad. Una sociedad tecnológica necesita profesionales cualificados, pero también ciudadanos capaces de interpretar información, distinguir hechos de opiniones, detectar errores, cuestionar argumentos y tomar decisiones razonadas. No necesitamos solamente jóvenes capaces de manejar una pantalla. Necesitamos jóvenes capaces de entender lo que aparece en ella. Porque quizás el verdadero problema no sea que nuestros alumnos lean poco. Quizás sea algo todavía más preocupante: que cada vez les resulte más difícil comprender aquello que leen.

Y si no somos capaces de solucionar esto, el problema no será el próximo informe PISA.

El problema será el país que dejemos detrás.

 

2 comentarios

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Manolo Piju Vazquez Vazquez
Manolo Piju Vazquez Vazquez
27 sept

Ahora los de esa edad prestan más interés por lo ven en redes sociales.

No saben que eso no es cultura, pero les convence más que lo puedan enseñar sus profesores y sus padres.

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Turis Tá
Turis Tá
26 sept

Maravilloso Mario!. Me pregunto cuales son las causas de este desastre y he comentado con algunos alumnos. Tú señalas el esfuerzo y es verdad, ellos comentan sobre el tiktok, yo me pregunto por los microplásticos (si puedes mira en Netflix detox plásticos) ...pero sigo pensando que hay muchas más causas. Abrazos y felicidades por tan interesante artículo!

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