Crónica de un año que se va sin pedir perdón
- Mario González Sánchez
- 30 dic 2025
- 6 Min. de lectura

Se muere otro año. Uno más. Y como ya es tradición, llega el momento de hacer balance. Ese ejercicio colectivo en el que todos fingimos sorpresa ante lo que ha pasado, aunque sepamos que volverá a suceder el año que viene. Porque si algo caracteriza a este país no es la memoria, sino la reincidencia.
Desde mi modesta atalaya —esa desde la que se ve poco, pero se intuye demasiado— quisiera poner en evidencia todo aquello que nos ha dejado un regusto amargo, cuando no directamente una úlcera social. Porque este año no ha sido precisamente un desfile de buenas noticias; ha sido más bien un reciclaje de errores, presentados con distinto envoltorio, pero con el mismo sabor rancio de siempre. Entre promesas incumplidas, gestos grandilocuentes y catástrofes predecibles, parece que la rutina de la ineptitud se ha convertido en un espectáculo al que nos vemos obligados a asistir sin remedio.
Seguimos dándole vueltas a la DANA que sacudió el Levante el pasado año. Y seguimos dándole vueltas porque nadie ha sido capaz de poner punto final a muchas de las heridas que dejó. Heridas que, lejos de cerrarse, supuran cada vez que llueve un poco más de la cuenta. Lo más llamativo no es el fenómeno meteorológico en sí, sino la incapacidad casi artística de la clase política para gestionar el después. Muchos gestos solemnes, muchas botas embarradas para la foto y demasiada prisa por pasar página cuando las cámaras se apagan. La cicatrización, al parecer, no entra en campaña electoral.
Y como si no tuviéramos suficiente con el agua, este año volvió el fuego. Porque el verano en este país ya no se mide en grados, sino en hectáreas calcinadas. Una oleada de incendios volvió a dejar en evidencia lo que llevamos denunciando durante tantos años: que el sector forestal y rural vive instalado en el abandono crónico. Planificación cero, prevención testimonial y reacción tardía. Eso sí, discursos retóricos cuando el humo ya se ve desde el espacio.
Pirómanos ha habido siempre, y locos también, pero lo verdaderamente preocupante es la locura institucional de repetir cada año el mismo guion. El cambio climático ya no es una amenaza futura: es un vecino incómodo que se ha instalado en el rellano de nuestro edificio y no piensa marcharse. Aun así, los negacionistas siguen ahí, negando la evidencia mientras las danas se multiplican y los inviernos en el Levante y Andalucía parecen una versión beta del caos climático. Pero tranquilos: siempre habrá alguien dispuesto a decir que «esto ha pasado toda la vida».
Sin embargo, entre tanta catástrofe visible, hay una mucho más silenciosa y quizás más peligrosa. Un reciente informe publicado en un medio de comunicación, advertía del alto grado de polarización social que está sufriendo el país. Un dato inquietante que nos recuerda tiempos que preferiríamos no revivir, porque ya estuvimos allí y no acabó nada bien.
Antes del estallido de la Guerra Civil, este país era un auténtico polvorín social a punto de prender por cualquier chispa. Un territorio mayoritariamente rural, empobrecido hasta la extenuación, donde amplias capas de la población sobrevivían en la miseria, atrapadas en un analfabetismo estructural que las condenaba a la marginación y a la dependencia. La ausencia de medios de comunicación libres y accesibles impedía contrastar la información, dejando el relato en manos de quienes tenían el poder y el interés de moldearlo a su conveniencia. En ese caldo de cultivo, la propaganda interesada circulaba sin oposición, alimentando el enfrentamiento, el resentimiento y una tensión social creciente que acabaría por estallar de la peor manera posible. Hoy, por fortuna, el contexto es distinto. Existe un mayor nivel educativo, un acceso casi ilimitado a la información y más herramientas que nunca para desarrollar un pensamiento crítico y autónomo. Sin embargo, hay un elemento que se repite con una fidelidad tan persistente como inquietante: el aumento constante de las desigualdades. Bajo una apariencia de progreso y modernidad, la brecha social no deja de ensancharse, recordándonos que, aunque hayan cambiado las formas, algunos de los problemas de fondo siguen enquistados con la misma crudeza de siempre.
La distancia entre quienes acumulan y quienes apenas logran subsistir no deja de ampliarse con el paso del tiempo. Tener un empleo ya no es sinónimo de estabilidad y mucho menos de una vida digna. Conseguir una vivienda se ha convertido en un deporte de alto riesgo, reservado solo para unos pocos afortunados. Para el resto, llegar a fin de mes supone un ejercicio de equilibrio financiero que roza el malabarismo en un circo en el que no hay red de protección. Esta precariedad sostenida, asumida ya como normalidad, constituye el caldo de cultivo perfecto para la frustración colectiva, el descontento y un enfrentamiento social que crece silenciosamente bajo la superficie.
En aquella época se proclamaba que la tierra debía pertenecer a quien la trabajaba. Hoy, sin demasiados matices, podríamos afirmar que la ciudad pertenece únicamente a quien puede permitirse pagarla. Entonces eran los campesinos quienes, empujados por la desesperación, asaltaban tierras en busca de sustento; ahora son los jóvenes quienes asaltan portales inmobiliarios, encadenando clics y frustraciones, solo para descubrir que tampoco allí hay un lugar reservado para ellos. Cambian los escenarios, se modernizan las formas, pero el problema de fondo sigue siendo el mismo: la exclusión sistemática de quienes menos tienen.
Por todo ello, convendría recordar a la clase política —esa que vive cómodamente blindada entre despachos, consignas y eslóganes vacíos— que son ellos quienes están alimentando esta situación. Que juegan con fuego social mientras consultan encuestas y calibran titulares, como si el malestar colectivo fuera un daño colateral asumible. Y que la historia, cuando se repite, no siempre lo hace en forma de farsa; a veces vuelve con la crudeza de una advertencia que no admite más negligencias.
Y si este país ha de vivir algún tipo de revolución, conviene decirlo alto y claro, sin eufemismos ni medias tintas: solo podrá venir de la mano de las mujeres. Son ellas quienes, una vez más, están dando la cara cuando el sistema prefiere protegerse a sí mismo. Quienes están asumiendo el coste personal, profesional y emocional de alzar la voz, sabiendo que hacerlo implica exponerse, ser cuestionadas y, en demasiadas ocasiones, ser señaladas.
Son ellas quienes están rompiendo silencios incómodos, esos que durante décadas se impusieron como norma no escrita, y quienes están señalando abusos que se taparon con redes de complicidad, pactos de silencio y alfombras rojas extendidas para que nada ensuciara la imagen del poder. Abusos que no son hechos aislados ni excepciones desafortunadas, sino síntomas de una estructura profundamente desigual que ha normalizado la impunidad.
Casos de acoso sexual que, lejos de surgir por casualidad, brotan de manera recurrente en los espacios donde se concentran la influencia y la autoridad, muchos de ellos dentro de los propios partidos políticos, esos mismos que luego se apresuran a redactar comunicados ambiguos y a hablar de responsabilidades difusas. Frente a ese cinismo institucional, son las mujeres quienes están marcando el camino de un cambio social imprescindible, demostrando que la verdadera transformación no vendrá de discursos vacíos, sino de la valentía de quienes se niegan a seguir callando.
Ellas están demostrando que el cambio no llegará de la mano de discursos huecos ni de promesas electorales recicladas, sino de la valentía de señalar lo que está mal y de la firme determinación de exigir que se corrija. Frente a la retórica vacía y la complacencia institucional, han optado por la incomodidad de la verdad y por la responsabilidad de no mirar hacia otro lado.
Así se va el año: sin pedir perdón, sin dar explicaciones y dejándonos la incómoda sensación de que no hemos aprendido lo suficiente, o quizás de que no hemos querido aprender. Se marcha cargado de promesas incumplidas, de problemas aplazados y de una resignación cada vez más asumida como norma. Ojalá 2026 tenga, al menos, la decencia de sorprendernos para bien, de romper la inercia y demostrar que todavía es posible corregir el rumbo. Aunque, siendo realistas, lo más probable es que dentro de doce meses volvamos a encontrarnos aquí, repitiendo el mismo discurso, preguntándonos cómo hemos vuelto a tropezar con la misma piedra… solo que esta vez será un poco más grande y pesará bastante más.
Feliz Año…




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